Roadtrip a Ayacucho


En mi opinión, la manera más bonita de recorrer el Perú es por carretera. Ya lo he dicho antes y lo repito, solo bastan 3 horas para salir de Lima y encontrarse en medio de las montañas: Los Andes en su estado más salvaje. Y más aún en época de lluvias. Si bien todos dicen que es la peor época para viajar, para mi es la mejor, justamente porque hay poca gente viajando y también porque todo es verde. Y además, me encantan las lluvias y tormentas.

Estadísticas del trip

35h
Al volante
2
Viajeros
1
Schnauzer
1
Grand Nomade 2.0 4x4

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Autor

Andres

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Se acercaba el fin del 2016, y como siempre, no sé por qué, en año nuevo dan más ganas de viajar. Luego de esperar el año nuevo en la playa, con un amigo y mi perro, cogimos la camioneta y manejamos hacia Ayacucho.

No soy partidario de manejar por más de 6 horas seguidas, pero siempre que hago un roadtrip termino manejando como minimo 8. Si bien, nos vamos turnando al volante, el viaje igual es agotador y llegas al destino destruído. Sin embargo, esta vez sería un poco diferente. No nos tocó mucho tráfico, la carretera (Vía Los Libertadores) estaba en muy buen estado. Y las montañas con niebla, lluvia y frío hacían del paisaje toda una obra de arte.

En el camino paramos a comer, a ir al baño, a tomarle fotos a Simon con las montañas, y también llevamos a un par de señoras que estaban bajo la lluvia esperando al bus.

Llegamos a Huamanga (el nombre real de la ciudad principal de Ayacucho) pasadas las 5 de la tarde. Si bien Ayacucho es pequeño comparado a Lima, no es libre del caos típico de las ciudades en el Perú, y ninguno de los tres quería entrar al tráfico luego de haber manejado 8 horas. Así que decidimos seguir hasta la Pampa de Quinua (o Pampa de Ayacucho) para pasar la noche ahí.

Llegamos al pintoresco pueblito de Quinua con los últimos rastros de luz. Encontramos un pequeño hostal con cochera justo antes de la entrada al Santuario Histórico. Por S/. 40 la noche por habitación decidimos quedarnos ahí. Si bien no tiene baños privados, los cuartos tienen una vista bonita del lugar.

Nos metimos una ducha y salimos en búsqueda de energía (comida). Apenas salimos del hotel la lluvia comenzó a caer mucho más fuerte, lo que nos obligó a comprarle a la señora un poco de queso y galletas de soda. Simón tendría que conformarse con sus galletas de cordero.

No hay nada como dormir en la sierra, con el sonido de la lluvia, de los truenos y el olor a humedad. Te sientes en plena naturaleza. No hay bocinas, ni sirenas, ni vecinos en juerga. La mejor noche de un viaje de aventura por la sierra, casi siempre es la primera.

El mercado se encuentra cerca a la plaza, bajando las únicas gradas que encuentras hacia la izquierda. Es pequeño pero está lleno de puestos de comida. Uno creería que al llamarse Quinua podrías encontrar justamente desayunos a base quinua. Pero no, vas a encontrar muchos choclos con queso, tamales y grandes platos de comida a base de pasta y caldos. Estuvimos preguntando y encontramos a una señora que vendía un jugo de fruta de la zona y también ofrecía un brebaje a base de quinua y semillas. Optamos por y un choclo con queso. Quedamos 100% satisfechos y lo recomendamos. Simon, esta vez tuvo suerte y comió queso con sus galletas.

Regresamos al hotel, empacamos las cosas, las dejamos en el auto y caminamos hacia el Santuario Nacional de la Pampa de Ayacucho. Una meseta espectacular para caminar y tomar fotos en las afueras de Quinua. Decidimos seguir caminando por las montañas hacia el Este, como quien va al VRAEM. Pasamos por una pequeña caseta, de un tal Julio, quién nos vendió un ticket turístico y nos pidió que lo carguemos a todo momento. Le consultamos sobre la seguridad de caminar por esas zonas tan cercanas al VRAEM. Y nos dijo con toda certeza que era seguro, pero que si encontrábamos a alguien por el camino, le mostráramos nuestro ticket de ingreso. El cual valía S/. así que no se que tanta garantía podía ser.

Entre bromas decidimos seguir el camino por una hora. Había un desvío hacia una catarata pero ninguno de los dos tenía ganas de verla, así que nos adentramos en una pequeña quebrada entre dos colinas. El camino seguía y ser perdía de cuanto en cuanto. En un momento empezó a llover fuerte y tuvimos que refugiarnos en lo que parecía ser un toldo destinado a ese tipo de situaciones. Aquí nos quedamos conversando hasta que la lluvia amainó y decidimos volver.

De regreso consultaríamos con Julio y con varios guías fotográficos de la zona sobre si era seguro ir hacia Pichanaqui y San Francisco. Pueblos que están en pleno VRAEM. Y la verdad, que hasta ahora no se si es seguro o no. Encontramos gente que nos dijo que era completamente seguro, que ya se hacían tours hacia allá (lo cual es verdad, pero normalmente son locales los que lo hacen) y también encontramos personas, como la dueña del hotel, quien nos contó que no hace mucho habían encontrado cuerpos en plenas montañas. Al parecer los narcos les habían disparado por pensar que eran soplones. Eso fue suficiente para que tomáramos la decisión de no ir hacia allá. Así que volvimos a Huamanga y buscamos un hotel que aceptará a Simon. Tuvimos que alejarnos un poquito del centro para eso, sin embargo un taxi te cuesta 3/. o puedes caminar. Nosotros optamos por la segunda.

Esa noche fuimos en búsqueda de pizzas y chelas. Conocimos gente muy interesante; una gringa que se había cortado las tanas recientemente y las mostraba en un balde a todo quien le preguntaba. Y otro chico quién nos contó diferentes historias sobre los “mochileros” que van a Pichanaqui y regresan con más “mochilas”. También nos comentó que si uno sobrevolaba ciertas zonas de la selva podía ver casas enormes, con piscinas y hasta canchas de tenis. Según dijo, eran las mansiones de los narcos más poderosos. Será verdad o no, lo dejo a su imaginación.

Al día siguiente, penúltimo día de nuestro viaje, decidimos ir hacia Vilcashuamán, gracias a los innumerables consejos de los locales. Manejamos 3 horas por una de las carreteras más bonitas que he tenido la oportunidad de recorrer en Perú. Habían zonas de trochas pero muy pocas, la mayoría eran asfaltadas y rodeadas de verde: montañas, bosques y Puyas Raimondi. Al principio parábamos cada 30min a tomarnos fotos, hasta que decidimos no parar y llegar hasta el Complejo Arqueológico de Intihuatana. Como la carretera estaba siendo reparada por tramos nos obligaron a cruzar un río con camioneta y todo.

Una vez que llegamos Simón estuvo feliz de caminar por unas horas y recorrer todo el complejo junto a otros perros locales. Los cuales no estaban muy contentos del visitante.

El complejo es muy bonito, y está muy bien mantenido, tiene un camino que te lleva por todas las ruinas, incluído el baño del inca y un mirador natural espectacular. Caminamos y descansamos a comer algo admirando el paisaje. Conversábamos sobre nuestro siguiente destino, ya eran las 2pm y según Google Maps llegar a Vilcashuamán nos tomaría apenas 45 min más. Esa noche queríamos dormir en Cangallo, un pueblo al oeste de donde estábamos, ya que al día siguiente regresaríamos a Lima y no queríamos manejar muchas horas.

Decidimos confiar en Google maps y dirigirnos hacia Vilcashuamán (o vilcas, como lo conocen los locales). Nos tomó casi dos horas llegar. La carretera estaba siendo reparada y nos desviaron por una trochita miserable que bajaba y subía el valle.

Si bien las ruinas de Vilcashuaman son impresionantes, el pueblo en sí no tiene mucha gracia, por lo que nos quedamos unos 20min y decidimos emprender la aventura hacia Cangallo. Según Gmaps había una trocha que cruzaba la montaña para llegar cortar camino y llegar a Cangallo. Una vez más decidimos confiar.

Esta vez nos salió bien porque esta carretera fue la más bonita de todo el viaje. No encontramos ningún otro auto en todo el camino. La trocha estaba en un estado decente (salvo unos cuantos sitios donde fue necesario el 4×4) lo cual nos permitió ir a una velocidad mantenida y hasta paramos para tomar más fotos.

Llegamos a Cangallo ya de noche. Este es un pueblo que por su ubicación me recuerda a Aguas Calientes en la base de Machu Picchu. Está en un pequeño valle acompañado del río Pampas. Tiene una apariencia de estar entrando a la selva, sin embargo está muy metido en los Andes. Es todo verde y el pueblo pequeño pero con todas las facilidades: hoteles, restaurantes, grifo, etc.

Llegamos muy cansados, tomamos el primer hotel que encontramos, uno pegado a la plaza (S/.50 la habitación doble) y salimos a comer.

Al día siguiente se celebraba un pequeño festival en Cangallo así que la gente estaba haciendo muchas preparaciones. Recorrimos todo la plaza, sacamos las últimas fotos y nos fuimos a dormir.

Al día siguiente retornaríamos a Lima en 12 horas manejando! Todo por tomar un “atajo” y no regresar a Huamanga para ir por el asfalto. Si bien el atajo nos tomó terminó tomando más tiempo lo recomiendo, porque es una carretera muy bonita. Te lleva por pueblos escondidos, y hasta fábricas enanas de yogurt y queso.

Y así terminó nuestro viaje por esta zona del Perú. No conocimos Huancavelica pero queda para una siguiente vez.

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